
Resumir 20 años es un ejercicio difícil. Últimamente miré una serie de documentales de inmigrantes en la Argentina y redescubrí cuántas cosas me unen a otros migrantes, la nostalgia, la añoranza y tal vez una cuota de idealización del país de origen.
Después de la crisis del 2001, muchos jóvenes como yo se iban de la Argentina. Era habitual escuchar “Fulanita se fue a Italia, Menganito a España”. Muchos tenían abuelos europeos y pudieron acceder a la ciudadanía europea, pero no era mi realidad. Tampoco tenía los medios para intentar una aventura de esa envergadura. Mi sueño era recorrer Latinoamérica, algo que seguía siendo relativamente accesible en ese momento. Algunos compañeros de la Facultad me contaban sus travesías por Perú, Bolivia y Ecuador y tenía ganas de imitarlos.
En el año 2000 empecé una relación con un francés que estaba estudiando, como yo, en la Universidad Nacional de La Plata. Después él regresó a su país y yo me quedé en Buenos Aires, en una provincia que se incendiaba. Patacones, saqueos, presidentes iban y venían… Vivíamos en medio de un caos y crecían las filas en las embajadas extranjeras. Yo estaba terminando la carrera de Comunicación Social, trabajaba en una escuela y vivía como podía. El francés me llamó en mayo de 2001 para decirme que estaba dispuesto a apostar a la relación y radicarse en la Argentina, pero que, si me animaba, viajara un tiempo a Francia para conocer su país, a sus amigos y familia. Me envió el pasaje abierto por un año y acepté. Disfruté mucho de ese período, pero siempre conservaba la idea de volver. Emigré por amor y terminé radicándome en Francia a pesar de que no era un proyecto previo, pero la vida me fue mostrando caminos diferentes. Tenía 25 años cuando llegué y hoy me siento un poco de acá, pero también de allá.
“Hudson a Pau sin escalas”, me dicen mis amigos. Durante los primeros meses me sentía culpable por haber emigrado en plena caída de mi país, pero también creía que tenía que irme. Tiempo después me casé, fui madre y aunque luego me separé, elegimos seguir viviendo en la misma ciudad. Gracias a la llegada de mi hijo pude arraigarme un poco más, pero sigue siendo difícil.
El embarazo, durante 2007, fue una etapa muy linda. Llegué al hospital para el parto y preguntaba si había alguien que hablara español, pero ese día sólo había francoparlantes. Fue un momento muy especial, de gran sensibilidad y de miedos, y estar lejos de la familia y de los amigos pesa mucho. En esos meses encontré la contención que necesitaba en una familia franco-argentina que también estaba esperando un bebé. A medida que nuestros hijos crecían, compartíamos experiencias, consejos y criterios en común, como tener a los bebés en brazos, dormir con ellos la siesta y amamantarlos a libre demanda. Nos encontrábamos en el parque y advertíamos que los criterios de las madres francesas eran mucho más estrictos, inclusive para los niños pequeños. Nuestros hijos se embarraban, corrían como torbellinos, y las francesas solían mirarnos extrañadas.
Por otro lado, si bien puede parecer algo insignificante, el frío de los inviernos aún hoy me obliga a vestirme con varias capas de ropa y sigo sufriendo la falta de sol. Vivo cerca de los Pirineos, el paisaje es hermoso, pero el clima montañoso no es para mí. Y a esta altura ya no sé si lograré la adaptación corporal.
Hablando de temperaturas, también añoro la calidez de la gente. El idioma es diferente y también la cultura. Comunicar a veces no es fácil, en parte por la entonación de la gente en esta región: parece que te ladran. Es una característica de aquí a la que tuve que acostumbrarme, sin embargo, a veces al hablarles con un tono suave, se calman.
Por mi parte, tengo la misma entonación que al llegar. Apenas pronuncio la palabra “Bonjour”, identifican que no soy francesa. Suelen decirme que cuando hablo les traigo el sol, y que no pierda mi acento. En estas situaciones recuerdo a los vecinos de mi infancia, italianos y gallegos que nunca perdían la tonada. A mí me sucede lo mismo: a pesar de todos mis esfuerzos, no me sale “el acento neutro” francés.
En 2013 decidí inscribirme en la universidad de Pau para validar mi nivel de estudios. Me aceptaron en cuarto año de la Licenciatura de Historia y si bien terminar la carrera me llevó más tiempo que el previsto por el plan de estudios, tenía un hijo de cuatro años y los profesores fueron comprensivos. A diferencia de mi experiencia platense, aquí no había carteles en las paredes ni agrupaciones políticas, ni se debatía con los profesores. El trato es muy solemne, con protocolos que respetar y una relación mucho más distante que en las universidades argentinas.
Para la tesis de investigación elegí trabajar sobre la memoria. Viajé a la Argentina y me encantó reencontrarme con archivos y bibliotecas de mi país. Una de las directoras de mi investigación fue Hélène Finet, especialista en anarquismo argentino, a quien descubrí mateando en la sala de profesores de la universidad de Pau. Obtuve el diploma francés y recomiendo a otros inmigrantes que prueben la experiencia universitaria. Muchos me decían que era una locura, pero escuché a mi corazón y fue la mejor decisión. Además, para la integración también aporta mucho el aprender el idioma local, conocer algunos chistes, ver películas y leer libros clásicos.
Puedo pasar un día entero hablando en francés, ya no me cansa, pero cuando llego a mi casa necesito hablar o escuchar algo en castellano. Es la reconexión con mi cultura. A mi hijo le hablo en castellano y él me contesta en francés; y con algunos amigos en Francia, inmigrantes como yo, preferimos conversar en el idioma propio.
Valoro mucho la amistad de amigas y amigos franceses que han viajado y que tienen una apertura al mundo. Además, si bien en Pau no hay una gran comunidad latina, tengo tres amigas argentinas y una mexicana. Cuando alguna se queda sin yerba mate, sabe que otra estará dispuesta a compartir. Uno de los desafíos recientes más interesantes fue la conducción de un programa de radio bilingüe que llevamos adelante durante dos años. Ahora conduzco un programa radial en castellano, en Ràdio País, que se escucha en el sur de Francia, donde me interesa también difundir la música de nuestros pagos y seguir ejerciendo la profesión en mi idioma.
También he trabajado con niños, y descubrí que tienen una mirada muy pura cuando uno es extranjero. Por ejemplo, nunca tuve problemas con ellos por mi forma de hablar. De hecho, aprenden muy rápido las canciones en castellano que les enseño y nos divertimos juntos.
Cuando emigré no existían las redes sociales ni estaba tan difundida la telefonía celular, hoy siento que ese contacto cotidiano con amigos y familia es muy importante. Recibo fotos, artículos, audios y cuando vuelvo al país me siento muy cerca gracias a esos intercambios. Me encanta transmitirle a mi hijo mi cultura, la música, la comida, la historia y los chistes. Me llena de alegría que le gusten tanto los alfajores, que quiera tomar mate y que desee reencontrarse con sus amigos de la Argentina, que son los hijos de mis amigas. Los recuerdos que tiene de su infancia con ellos son maravillosos.
Mi consejo para todo aquel que decide emigrar es no idealizar el vivir en el extranjero. Hay que ser fuerte y muy tolerante. Y disfrutar de la posibilidad de tener dos visiones del mundo, porque eso genera una gran riqueza interior.
Imagino mi futuro, con mi hijo ya más independiente, viviendo algunos meses en la Argentina y otros en Francia. Partida en dos, como en estos veinte años. Me ilusiona esta posibilidad si bien intento no idealizar a la Argentina. Sé que hay cosas que me costaría tolerar o que ya no son como antes, aunque en mi fantasía siguen existiendo. Siempre tengo en mente en volver, volver al sur del mundo, donde me parece que el cielo es un poquito más azul, y el sol brilla más…
Belén Cabrera es Licenciada en Comunicación Social y en Historia